En las relaciones interpersonales suele haber casi más imposición que respeto para la libertad general. No quiero decir que el personal desee voluntariamente que en su entorno rija la ley del más fuerte. Pese a los usos democráticos, sigue mandando el poderoso caballero “don Dinero”. Y es que, cambian las formas y las palabras, pero en el fondo se sigue manteniendo la imposición o el dominio sobre quien menos tiene. Hay en el ambiente, según dice cierto sociólogo, algo que, tras afectar a un grupo importante, luego se induce a la forma de hablar o de pensar de la gran mayoría. Hay frases que como “el para nada”, tienen menos importancia que el “como si oyera llover” o el “siempre ha habido ricos y pobres”. Está claro que los últimos modismos influyen-por su intención- más en la conducta de la gente. Así vemos que, unas veces con la palabra y otras ayudada de la fuerza- o ésta en solitario, se domina al prójimo. Está claro que la primera situación parece más aceptable e inteligente que las dos últimas. Llegado ese punto, conviene vigilar el propio lenguaje para que no se nos dé gato por liebre. En la vida corriente o en ambientes más amplios, como en la política, se observan con mayor claridad las relaciones de poder. Éstas se pueden ejercer de una manera más civilizada y suave, o con una imposición más clara, cuando no de modo autoritario o dictatorial. Se supone que toda persona, como ser social, aspira a una vida lo más libre,digna y feliz que pueda. Otra cosa es que lo consiga con la frecuencia deseada en el contexto que le ha tocado vivir. En todo ello, además del poder, tienen mucha influencia las palabras. Reparemos en ellas.

Tolerancia o ser tolerante es una de las palabras más usadas en el presente. Pese a ello, puede ocurrir que también sea de las más equívocas. Propendemos a enteder como su primer significado el de “dejar hacer”. Eso da a entender que hay “alguien” que hace porque otro “alguien” le deja. Si nos fijamos, entendemos que el segundo caso es quien manda y en el primero hace porque se ha ordenado darle permiso. Alguien podría alegar que desaparecería esa situación de sometimiento, si cada cual hiciera lo que le apetece. Una simple reflexión nos haría pensar en la frecuencia con que lo que a mí me apetece coartaría a lo que le apetece a mi prójimo. Así llegamos a contraponer el respeto necesario a la acomodaticia tolerancia para decidir cual nos obliga más. Pese a ello,menudean más los casos en que se confunden tolerancia y democracia: craso error. Sin deber, olvidamos que democracia no es sino la convivencia respetuosa entre personas que defienden sus derechos a la vez que cumplen sus deberes. La tolerancia, entendida en sentido positivo, no debiera exceder de la mutua comprensión que debiera darse entre personas en cada entorno. Tal vez acrecentada de manera más o menso transitoria para con quien, por alguna desventaja, aspira a restablecer su dignidad entre iguales. Extender la tolerancia a dejar pasar las cosas “como si oyera llover” es incumplir el deber de cooperación cívica. Yo creo que no vale el “yo no hago el tonto cumpliendo” o el de “quien más puso, más perdió” para acabar con “a río revuelto ganancia de pescadores”. Esas son rendijas por las que se cuela el egoísmo y tratamos de acallar la conciencia al no implicarnos ante la corrupción social, que tanto decimos repudiar. No faltará quien recubra su conducta con falsa solidaridad o amparándose en la legalidad que sólo conviene a los propios intereses del momento. Enganchados a la tolerancia han surgido cantidad de vocablos relacionados entre sí. Desde la libertad bien entendida y unida a la relativa felicidad, entrelazados vemos: respeto, derecho, deber, responsabilidad, corrupción, veracidad y dignidad. Convendría distinguir bien el sentido de cada palabra y cada conducta.

La mal entendida tolerancia parece habernos inducido a una corrupción con gran impunidad.
Aunque se dice que cada sociedad o grupo tiene los líderes y modos que se merece, no es menos cierto que la responsabilidad y la impunidad son muy desiguales. En este mundo mediático, quienes aparecen con más poder,influyen además con el mal ejemplo extendiendo conductas insolidarias. El mangoneo de las normas (valga como ejemplo el precipitado cambio del art. 135 de la Constitución), así como el privilegiado trato de la justicia para el poderoso y su entorno, sirve para acabar en vergonzoso enriquecimiento impune. Lo que se da en las más altas instancias del Estado, se viene imitando hacia abajo hasta llegar al “con o sin IVA”, el “enchufe” mil corruptelas más que reavivan lo peor de la picaresca tradicional. Así vamos degradando la convivencia con un cegato mercantilismo que nos hunde en la desconfianza hacia un futuro con menos libertad y dignidad.