Leí hace unos días un interesante trabajo titulado “La medicalización de la experiencia humana”. El autor, Gérard Pommier,es psiquiatra psicoanalista y profesor emérito en la Universidad Paris VII. Relaciona la medicalización con una maquinaria diagnóstica, antes inédita, puesta en marcha hace algunas décadas. Tal campaña empieza convirtiendo cualquier “sufrimiento psíquico” en una enfermedad. Ello nos lleva a cuestionarnos si una perturbación de nuestro ánimo, de tristeza o de tensión son ya de por sí una enfermedad. Convendría reflexionar si los síntomas son tan facilmente identificables o -por el contrario- es una nueva versión de la moda de la autoayuda, como concluye monsieur Pommier. El asunto me atrajo de manera importante ya que en mi familia hay un serio problema psiquiátrico. Los allgados no tenemos tan claro que el tratamiento más acertado sea el del patillón sin más. Como profanos hemos observado la atención que ha recibido a lo largo de bastantes años. Por ello comparto mi opinión a la luz de tan interesante lectura.

Con cierta ligereza hablamos de estas enfermedades, que por cierto la sociedad acepta como tal menos de lo que parece, diciendo: en el manicomio sólo están las oficinas. Esa manera jocosa ya era un paso para confundir uno de los tantos estados que se nos presentan en la vida con una verdadera enfermedad. Lo digo por experiencia porque, cuando en casa cualquier otra persona se sentía decaída por la atención al enfermo u otra causa, recordábamos al doctor González. Él nos distinguía el malestar de la persona cuidadora de la verdadera enfermedad. La mayoría de las veces el problema se resolvía con el relevo en esa tarea. Ese recuerdo me lleva a entender al citado profesor cuando dice que está intentando remplazar a la gran psiquiatría europea. Pommier decía-y yo lo creo por lo dicho- que gracias a la observación clínica variada y concordante se puede distinguir una neurosis de una psicosis u otras perversiones. Después vendrá el determinar con acierto la terapia de medicamentos, psicoanálisis, psicologia o combinada.

Creo que, además de la atención sanitaria, hay otros aspectos que están más relacionados con el tipo de sociedad, familia en intereses en que se haya inmersa nuestra vida. Podríamos empezar por el ambiente familiar. ¿Es hoy la misma realidad, con un creciente número de hogares con una sola persona, que el pasado con una familia extensa ? Por supuesto que no. Mientras hoy una mayor propensión a la soledad, antes eran más frecuentes por fobias, celos o vaya a saber qué. En uno y otro caso podían darse síntomas que podrían parecer enfermedad, o agravar a otra previa. La soledad, los celos, el luto, incluso otros conflictos o desgracias pueden ser muy dolorosos, pero en principio no son enfermedades. Tienen unas causas que tanto la medicación, como la bebida u otras drogas no van a solucionar de manera definitiva. Por supuesto que puede ocurrir que a la persona le sobrepase la situación y que necesite ayuda. Pero esa ayuda no será la medicalización. Tendrá que ser la propia persona, su entorno afectivo o la sociedad la que habrá de proporiconar una solución que aborde la causa.

Hay otras muchas situaciones de índole social que con frecuencia emergen como problema personal vestido de enfermedad. Vivimos una vida endiablada en la que a veces escondemos la cabeza bajo el ala cuando una situación laboral, competitividad o así nos supera. Como en el caso anterior, más con esta urgencia real o inventada, buscamos la solución que no nos pare. Ahí esta ese medicamento que se presenta como mágico para ese problema que no queremos ver. Detrás de esa publicidad y ese entramado que nos aparta e la lógica de causa y efecto, hay un poder que enmascara la cruel realidad. Este profesor como tantos otros médicos honestos se queja del poder de los laboratorios que acosan tanto a los médicos de familia como a las altas instancias. El llamado “Big Pharma” ha conseguido popularizar el DSM o manual de diagnostico estadístico en inglés. Con él van apartando a los profesionales de la psiquiatría entrando en la misma universidad. Con esa estrategia van patologizando diversos trastornos. La Organización Mundial de la Salud informa que las 60 patologías catalogadas en 1.952 se habían convertido en 1994 en 410.

Con ser importante el atraco económico por inventar enfermedades, son más nocivas las secuelas posteriores. Un ejemplo es el posible efecto secundario causado por el Ratalin. Este fármaco, considerado como estupefaciente, podría causar dependencia en los adolescentes que lo hubiera recibido de niños. Lo más triste es que lo infantil está en primera línea de estos manejos.