Estoy leyendo “El umbral de la eternidad”, la tercera obra de la trilogía en que Ken Follett novela la historia del siglo XX. Desde hace tiempo, por distintos motivos, presto atención a este desigual género. Uno de ellos es el impacto social que alguna de estas obras causan con su elevadísma difisión. Es el caso de “Los pilares de la tierra”, del citado autor, como libro de los más editados en el mundo. También llama la atención el interés despertado por las versiones televisivas e incluso musicales de estas historias, una de ella es el reciente musical de “El Médico” de Noah Gordon. Otro motivo puede ser la lectura ligera no exenta de algún valor adecuada para ciertos momentos. Otro es la implicación personal en un certamen sobre el género para el que me informo y reflexiono de manera más minuciosa.

En el fenómeno social de tanto best seller de novela histórica se conjugan en desigual proporción aspectos o ingredientes diversos complementarios. Encontramos desde la simple evasión, a cumbres literarias, pasando por historias noveladas en que son los hechos reales lo más destacado. No falta la mezcla del género con el de novela negra, al estilo de “El código Da Vinci”. Abunda más aquella modalidad en que se mezclan hechos, escenarios y usos rigurosos de la época con la peripecia inventada que aficiona a su lectura. Son estos últimos ingredientes, junto a una aceptable soporte literario, lo que espero encontrar en lecturas como la que hoy nos ocupa. Así me pareció “Los pilares de la Tierra”, la primera novela de Follett, la que me invitó a reincidir en su obra. Encontré placentero, y no exento de cierto rigor, el viaje que me llevó por la edad media inglesa y española. Disfruté, además de la aventura, ampliando saberes conocidos y otros novedosos.

Me habían llevado “Al umbral de la eternidad” los dos precedentes de la trilogía dedicada al mundo del siglo XX. Aunque se pierde algo de la magia del pasado, lo compensa el aprendizaje de los hechos que más han condicionado nuestro presente. Continúa el relato tras la segunda guerra mundial para acercarse al tercer milenio. Como en las entregas anteriores, usa la peripecia de varias familias sorprendentemente emparentadas, para contar la crónica simultánea del mundo de entonces.

La acción discurre en escenarios de varios estados de USA, Cuba, Gran Bretaña, las dos Alemanias, Checolovaquia varias Repúblicas Soviéticas y el lejano Vietnam. Para acercarnos a los hechos más significativos hemos de conocer a los personajes históricos en cuyo entornos o esfera de influencias se sitúan los protagonistas de cada una de las varias sagas familiares. Aparecen datos biográficos de responsables políticos americanos y soviéticos de Kennedy y Kruchef en adelante. Otros de gran relevancia social como Luter King. De ellos y de la complejidad de decisiones de sus entornos sabemos por la espcial atención en los conflictos. La mayoría de ellos por la confrontación de bloques como la crisis nuclear en Cuba, las tensiones en el Muro de Berlín o la guerra de Vietnan.

No son pocas las posibilidades que en general ofrece la lectura y de manera peculiar la novela histórica. Desde el simple divertimiento de la evasión, a la observación detenida, más allá de los personajes líderes, nos permite comparar nuestra vida actual con la de quienes nos precedieron.

E incluso hacerla a la inversa, cuanto hicieron en el pasado que podríamos o debiéramos imitar. Además de la historia, la literatura y la vida compartida encontramos la ciencia y la filosofía que se ha ido acumulando con el tiempo. Con frecuencia encontramos que hay otos valores menos competitivos, tan satisfactorios y la vez menos costosos. A medida que nos introducimos en el habito lector y repensamos compartiendo lecturas y experiencias, crecemos en conocimientos y respeto colectivo. Afortunadamente crecen en nuestra ciudad los grupos de lectura que potencian este placer individual. A partir del hábito de escuchar a quienes aparecen en nuestras lecturas somos capaces de observar, incluso con más cariño y respeto, nuestro entorno. Muchas veces los diálogos literarios e históricos son ejemplos de atención compartida, Cuántas veces a partir de un texto nos interpelamos sobre nuestras propias cuestiones. Así encontramos asuntos para compartir con quienes también sienten la soledad creciente.

No sólo la novela histórica, también la lectura en general en nuestros días es más necesaria si cabe. La escasa atención y la abundancia de mensajes instantáneos, crean cierta adicción a la vez que perturban la disposición para entender bien mensajes más largos y complejos. Quien lee con atención ejercita la escucha activa a quien está lejos en el espacio o en el tiempo, y acabará comprendiendo bien a su entorno, incluidos los medios con enfoques tendenciosos.